miércoles, 9 de julio de 2008

La crisis de los 20


Despertó apurado y aletargado como todos los días. Al parecer no recordó que ese día era especial. El problema como siempre son esos sueños que se tornan más bien en pesadillas, osea que empiezan lindos y luego al rato se tornan oscuros y hasta lacrimógenos. Más de una vez se había despertado sollozando con el recuerdo del sueño triste que lo atormentó mientras dormía y que luego de algunos minutos ya no recordaba, solo los bordes mojados y lagañosos de sus ojos quedaban como prueba de la pesadilla. Este no era el caso por hoy. Simplemente despertó y luego de un momento de tonteo (del verbo tontear) se levantó. Desayunó cualquier cosa que siempre es mejor que nada y se sintió bien consigo mismo pues por fin cumplió su promesa de levantarse y hacer un poco de ejercicio para guardar la línea, obvio como no es tan frecuente lo único que logra es guardar la línea curva pero bueno así mismo un poco de ejercicio es mejor que nada, pensó. En fin siguió sintiéndose mejor mientras trotaba en el propio terreno siguiendo las instrucciones de la chica de los aeróbicos de la tele, lo que en verdad lo hacía sentir bien, aparte claro de que la instructora era una obra maestra que hacía culto a la voluptuosidad de las formas, era que al fin iba a poder saldar esa deuda que hace tanto lo aquejaba. Tomó una ducha, y en parte sí fue así pues sin querer tomó un poco del agua caliente que bajaba directo a su cuerpo, refrescándolo, todo parecía una gran serie de eventos que lo hacían sentir excelentemente bien. Feliz, según pensó mientras secaba con la toalla los lugares más recónditos. Acto seguido vestirse, dientes limpios, tomar el dinero rápidamente y salir casi al trote, impulso de continuar con el ejercicio y mantener la línea y continuar con el ascenso del bienestar. Llegar a donde el prestamista que tiene un semblante bonachón, que cambia radicalmente si no se llega con el dinero, y decirle aquí tiene el dinero, por no decir toma tu plata y ya no me jodas más, y el hombre que cuenta con el semblante de quien tiene en las manos el fruto de su esfuerzo. Aquí una pausa. Enfocarse en la cara y ver como se interpola de bonachón a maldito en el último segundo. Falta. 20. Falta. Imposible!!!... pero si yo tenía todo. Inmisericorde. Falta. 20. Falta. Maldita sea. Piensa cómo incluso la felicidad más grande es tan débil ante la más pequeña adversidad. Entonces la crisis. Maldecir para sus adentros. Pedir disculpas sin mayor contenido y sin pretexto real. Pensar en dónde diablos quedaron los 20. 20. Solo 20. No hay otros 20. Habían los que ya no están. Y ahora dónde están. Qué hice. Por qué yo. Por qué he tomado las decisiones que he tomado hasta ahora. Mis amigos están mejor que yo. 20. Solo 20. Me estoy quedando. No tengo nada ni 20. Solo 20. No los tengo. 20. Todo se vuelve confuso. La calle, la gente. Todo le parece acusador. Se siente perdedor. 20. Solo por 20. Y el peso encima es más que 20. Más que antes. Más que todo. Se recuerda trotando en el propio terreno... ridículo. Se recuerda pensando... Feliz. 20. El cuerpo le pesa. Si tuviera 20 de nuevo tomaría otro rumbo en su vida y ahora 20 es lo que lo despedazó. Y cómo tomó tanta importancia. Desde cuando 20. 20 importante. 20. Solo 20. No los tengo. Qué he hecho. La lágrima que vibra. Le parece que es una pesadilla. Quisiera despertar entre sollozos, lágrimas y lagañas. 20. Entra al hogar. No puede más. Piensa en acabar con todo. En terminar con el suplicio. Si tan solo tuviera 20. Solo 20. No los tengo. Y entonces llega recorre todos los lugares recorridos como alma en pena que recoge sus pasos. Y llega al velador. Se queja con la lámpara y mira al suelo apesadumbrado y los ve. 20. Solo 20. Ahí están. Y todo cambia. Regresa. Paga. Rostro bonachón. Peso... cuál peso. Recuerda cómo caminaba todo tristón... ridículo. Solo 20. Piensa nuevamente... Feliz, se dice. Y un vacío lo envuelve sabe que pronto sufrirá otra crisis similar a la de los 20. Si tan solo tuviera 20. Ya no los tengo.

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